Me encanta contemplar los aviones volando, despegando, aterrizando. Se trata de un espectáculo hipnótico que me puede mantener atrapado durante horas, especialmente si tengo mi cámara de fotos a mano.
Sin embargo, esta vez me parece que el espectáculo ocurre demasiado cerca. ¡Qué pasada!
El juez Garzón se declara competente al entender que se produjo un delito de crímenes contra la humanidad. Este es un fragmento del auto de diligencias previas.
Es decir, la acción desplegada por las personas sublevadas y que contribuyeron a la insurrección armada del 18 de Julio de 1936, estuvo fuera de toda legalidad y atentaron contra la forma de Gobierno (delitos contra la Constitución, del Título Segundo del Código Penal de 1932, vigente cuando se produjo la sublevación), en forma coordinada y consciente, determinados a acabar por las vías de hecho con la República mediante el derrocamiento del Gobierno legítimo de España, y dar paso con ello a un plan preconcebido que incluía el uso de la violencia, como instrumento básico para su ejecución.
Juan José Millás entrevista a Ingrid Betancourt en El País Semanal. Recomiendo la entrevista y los siguientes pasajes que indefectiblemente me han traído a la mente la locura de la selva, el mal, que se haya presente en El corazón de las tinieblas (de Joseph Conrad):
-Para quienes no conocemos la selva más que por referencias, es difícil imaginar cómo era su cautiverio. Pensamos en las grandes privaciones cuando quizá las realmente graves eran las en apariencia pequeñas. Tengo entendido que uno de los castigos más frecuentes de los guerrilleros era privarles de papel higiénico, por ejemplo. De otro lado, y como cuenta en Infierno verde Luis Eladio Pérez, el olor a selva es muy particular, una mezcla de tierra y de humedad que lo impregna todo y que se manifiesta incluso en el sudor.
-Nosotros llevábamos el dolor del mundo a cuestas en todas sus expresiones. En la selva llevábamos una cruz completa. Conocimos el dolor en todas sus dimensiones. Primero, el dolor del alma por la pérdida de la libertad, que es como perder la dignidad. Lo que nos hace seres humanos es la posibilidad de tomar decisiones, todo el día estamos tomando decisiones, decisiones de a qué hora nos levantamos, qué comemos, adónde vamos, a quién vemos, qué palabras usamos, cómo nos vestimos, cómo priorizamos nuestras actividades del día. En un momento, el secuestrado pierde todo, no toma decisiones y se vuelve una cosa, un objeto al que llevan y traen y al que ninguna decisión le pertenece, ni la decisión de ir al baño, porque tienes que pedir permiso, ni la decisión de acostarte o levantarte, porque te la imponen, ni la de hablar con otro ser humano, porque también te lo condicionan, te lo prohíben o te lo permiten. Esa ausencia de uno mismo es el primer dolor que se lleva en el alma. A ése se le suman todos los demás dolores, los pequeños y los grandes. La selva es un lugar hostil. Todo duele en ella. La piel no es un espacio de protección, sino de dolor. En la selva, todo pica, todo rasca, todo incomoda. Tener un cuerpo en la selva es tener un peso adicional, porque el cuerpo es simplemente un espacio de dolor. Comer duele, ir al baño duele, bañarse duele, vivir duele, respirar duele, no ver el cielo duele, no ver a las personas que uno ama duele.
-Para mucha gente, la idea de estar preso en la selva es la de un cautiverio al aire libre, cuando lo cierto es que ni siquiera les llegaba la luz del sol porque se encontraban siempre en lugares muy tupidos, para no ser vistos. Creo que incluso tenían que secar la ropa al fuego.
-La selva es la prisión. En la selva no hay horizonte, estás rodeado de una vegetación espinosa, agresiva, que te cierra el espacio. No hay caminos, no puedes salir…
-¿Qué sonidos se escuchan en la selva?
-Sonidos lúgubres. También es cierto que uno hace pasar esos sonidos por el tamiz de su dolor. En la selva no hay flores, no hay color, todo es verde: el verde con el que se viste la guerrilla, el mismo verde con el que lo visten a uno. Es un verde de enfermedad, es un verde de dolor. No es el verde de la alegría, no es el verde esmeralda ni el verde del mar, es el verde de los preámbulos de la muerte. No hay flores, no hay colores. No hay cantos de pájaros, hay gritos de pájaros. No es el canto melódico de un ruiseñor, es el grito desgarrador de una guacamaya, el aullido de un mico, el zumbido incesante de los insectos, que lo agobian a uno. En la selva quieres silencio y no lo encuentras. Me cuesta trabajo hablar de ello, todavía no he podido [lágrimas]. Yo pienso que el diablo vive en la selva [gran silencio]. Por las noches está uno rodeado del gemido de los compañeros que lloran dormidos y gritan sus pesadillas. Hay un inmenso sufrimiento y se puede hacer muy poco por aliviarlo.
Eso es lo que me pasa, que ando concentrado. Que me acuesto tarde haciendo cosas y me levanto lo antes que puedo para seguir haciéndolas. Me gusta trabajar por las tardes noches, porque cuando el cansancio aprieta es cuando resulta más necesario ser eficiente y acabar de justificar un día de trabajo. La oscuridad rota por la luz de un flexo dota a la mente del grado de concentración óptimo para el trabajo, frente a la luz del bullicioso día que me predispone a trabajos más automáticos, menos concentrados.
Pues así ando, concentrado, con la tesis, con algunos trabajos extras para ir pagando la hipoteca, con la campaña en la que ando ahora liado. Todo el tiempo parece poco de modo que los días se suceden en la caótica rutina del que vive sólo y ajusta sus biorritmos de la mejor manera que puede.
Subo en autobús a la facultad y en vez de tiempo de transporte intento obrar el milagro de convertir ese rato en uno de los mejores momentos de ocio del día. Algún amigo de nuevo cuño por esos lares podría decir que viendo a las chicas que de manera apabullante llenan nuestra universidad, pero no. Yo me empeño en recobrar mi costumbre lectora en esos ratos de precaria estabilidad, agarrado a la barra metálica de vehículo. Es complicado mantener el libro abierto con una sola mano, especialmente cuando es nuevo. Es difícil pasar las hojas, cuando un descuido puede suponer caer encima de la chica de al lado. Sin embargo, esos momentos robados al mareo y a la esterilidad, son de sabrosa lectura. Son momentos reciclados de un tiempo que, en otras circunstancias, habría considerado un envase no retornable.
Últimamente he leído más, no mis papers académicos (que en inglés se les llama así, aunque no sean más que artículos), sino libros y ensayos. Entre ellos, he disfrutado mucho El mundo, de Juan José Millás. Recomendación de mi hermana con la que comparto una visión de crepúsculo encendido de otoño de muchos aspectos de la vida. Vale la pena. Una obra entre autobiográfica y fantaseada que devuelve a los orígenes de nuestros temores, de nuestras felicidades, a la infancia y adolescencia, donde todo va ocurriendo por primera vez.
También he leído el último libro de Paul Auster (pero de éste hablaré en otra ocasión). Y estoy acabando un ensayo de Vicente Verdú, Yo y tú, objeto de lujo, un ensayo sobre el personismo, lo que el autor llama la primera revolución cultural del siglo XXI. Una obra que apunta, cuestiona y aclara algunos de los retos de la sociedad en la que vivimos, de los cambios culturales que sufrimos. Entre ellos el que ahora yo escriba este blog y tú lo leas.
Este verano también leí La trilogía de Nueva York, también de Auster. Me ha dado por él.
Ahora lo último que llevo en la cartera se llama Mi visión del mundo y son artículos de Albert Einstein que, de alguna manera, dibujan su pensamiento. Hoy he leido un fragmento de uno de ellos que dice lo siguiente sobre los Estados Unidos, a propósito de sus primeras impresiones sobre aquel país:
Quiero dejar constancia de que Estados Unidos es el país técnicamente más adelantado de la tierra. Pero América es grande, y sus habitante no se interesan, al menos hasta hoy, por los problemas internacionales, en cuya cumbre está el Desarme. Esto deberá cambiar, en interés de los mismos americanos. La última guerra ha puesto en claro, que ya no hay una separación entre los continentes, sino que el futuro de todas las naciones está íntimamente vinculado. Deberá desarrollarse en este país la convicción de que su responsabilidad en materia de política internacional es muy grande. El país de observador no comprometido no es lo que este país se merece, ni es su destino duradero.
Creo que son palabras que a luz de nuestro tiempo se comentan por su solas.
Gran Albert, tan optimista con respecto al género humano. Por cierto, Antonio, Einstein es un defensor de lo que él llama Religiosidad Cósmica, así como de la Metafísica. A ver cómo me lo digieres.
Hoy es un gran día. Reabren los comedores universitarios después de 3 meses de ausencia. El menú de hoy es:Macarrones a la Boloñesa, Escalope de cerdo con ensalada mixta, Pan, vino y postre. Toda una dieta equilibrada por 3 euritos. Y si vas a primera hora hasta te puedes llevar un periódico de regalo.
Además este año tienen un nuevo servicio para pedir menús y llevártelos a casa. Sin es uno de los mejores servicios de nuestra universidad. ¡Viva!
Algunos habréis pensado que menuda vuelta a los ruedos con el Aleluya de hace dos semanas, si ya había caído de nuevo en la inconstancia. No ha sido exactamente así. Hace apenas 10 días me propusieron de urgencia un viaje de coordinación de Erasmus a Rumanía. Propuesta, que como no podía ser de otro modo, acepté con los ojos cerrados y dando las gracias a todo el santoral que conocía. Eso fue un viernes y apenas 3 días después estaba volando para Timisoara, a visitar la universidad donde mi amiga Ana y Anca estudiaron. Han sido unos días inolvidables. Un verdadero regalo que a ningunas luces esperaba. La primera vez que la Universidad me manda fuera por trabajo y resulta que es un viaje que ni yo mismo habría podido planear con tanto acierto y deseo.
Días de reencuentro, de conocer nuevos amigos, de empezar a empaparme de un país que sin duda es un gran desconocido y del que el fenómeno de la inmigración nos está trasmitiendo una imagen quizá distorsionada al tiempo que establece unas ligazones y unos vínculos de muy hondo significado.
Muchas son las impresiones e historias que me gustaría contaros y que espero contar de estos días. Por ahora me quedo con volver a anunciar mi vuelta, al blog y de Rumanía.
Un único apunte por hoy. El fin de semana pasado, en concreto, el sábado, Bucarest celebró su 449 aniversario y la noche en blanco. Entre los eventos de una ciudad inquieta, monumental, caótica, en reconstrucción, destacó un concierto gratuito de Bryan Adams junto al segundo edificio más grande del mundo.
Después siguió uno de los mejores espectáculos de fuegos artificiales, música, agua, laser y fuego que he visto nunca. Que se rían los rumanos de los franceses, que el año pasado estuve en la celebración del día nacional francés en París, junto a la Torre Eifell, y los altavoces no funcionaban.
No, no os asustéis. No he cambiado de nacionalidad. Se trata del nombre de la campaña que el Gobierno rumano ha lanzado en nuestro país para mejorar la imagen que tenemos de sus ciudadanos. Son más de 700.000 los rumanos que hay en nuestro país. Y realmente, como plantea la campaña, somos muy similares. Hermanos en lengua latina y en muchas otras cosas.
No lo entiendo. No entiendo como dos personas tan jóvenes, quizá más de uno ya las habéis considerado físicamente de vuestro agrado, que viven en una de las regiones más ricas de Europa, que no han conocido más gobierno que el nacionalista que da cobijo a gran parte de las aspiraciones políticas que pueden reclamar, deciden ser terroristas. No lo entiendo.
Silencio.
Tanto tiempo ajeno que llegué a olvidarte.
Olvidaros.
Y en la noche de media luna creciente,
ojo de plata rasgado,
con un frío de trinchera golpeando
las cumbres de Sierra Nevada,
cae la melancolía de las tardes de septiembre,
por la calles de años
donde sólo nosotros hemos caminado.
Cambiado.
Retomar la palabra,
que se cansó,
se hizo interior,
se paró a contemplar
la vida que no cesa.
Una canción se apodera del momento del reencuentro.
De pronto.
Y ahí queda
No soy un apasionado del fútbol, del deporte como tal. A duras penas aguanto viendo un partido entero. Sin embargo esta noche, junto con mis padres, mi hermana y mi abuela, hemos sufrido y gritado de emoción con el triunfo de la selección española.
Supongo que hay mucho que analizar en relación a lo que el fútbol representa socialmente, cómo es capaz de reunir a masas ante al televisor y de desatar euforias y cambiar el ánimo de un país entero. Lo que es seguro, es que esta Eurocopa ha supuesto una catarsis nacional, quizá uno de los pocos “traumas” que nos iban quedando. Ya hasta ganamos eurocopas… y no sólo las sub-18.
Una inmensa mayoría de españoles ha olvidado hoy diferencias de todo tipo para vibrar con una selección que no sabemos exactamente qué representa… quizá buen fútbol, talento, concentración, saber estar, deportividad… aunque sin duda es algo mucho más grande. Sólo eso no saca a millones de personas a la calle. Si fuera así, tendríamos suficiente con el balonmano, el baloncesto, el tenis… Esta noche mucha gente se ha lanzado a las calles o ha disfrutado en casa con la épica del deporte, sacudiéndose los miedos que siempre nos hacían aceptar que nosotros no podemos, que a nosotros siempre nos toca la mala suerte.
Mañana es seguro que el país se levantará un poco más optimista, un poco más alegre, más orgulloso, más confiado de sí mismo. En los tiempos que corren, es la mejor medida que un gobierno podría imaginar para recuperse de la crisis. Ilusión. Confianza. Porque podemos. Todos podemos. Yo también puedo.