
Hace tiempo que tengo en mente escribir un post con el título “la irrealidad nacional andaluza”. No han menguado las ganas de hacerlo, sin embargo el tiempo pasa y se atemperan los ímpetus. Aprovecho la visita que hizo ayer Gaspar Zarrías, consejero de la Presidencia de la Junta, a la facultad de Ciencias Políticas para, después de confrontar mis grandes reservas con uno de los baluartes de la propuesta, dejar por escrito estas reflexiones.
Aclaro que la definición de Andalucía como “realidad nacional” no es, como tampoco lo es la de Cataluña como nación o la de la misma España o Europa o cualquier otra entidad, un tema que me apasione. Intuyo que, al margen de las repercusiones jurídicas que puedan acarrear, no son más que cuestiones sentimentales, importantes, sí, pero en mi caso no más importantes que las que atañen a otro tipo de realidades. Creo que el bienestar de los pueblos se dirime en otros ámbitos.
Ajeno a entrar en debates sobre el ser o no ser de las cosas, considero que la definición de “realidad nacional” aplicada a Andalucía genera dos efectos contraproducentes. En primer lugar, facilita el ocultamiento mediático de un texto de reforma de Estatuto de más de 200 artículos, muchos de ellos pioneros por los avances sociales que consagran. En segundo lugar, el adjetivo “nacional” aplicado a Andalucía genera rechazo entre los ciudadanos andaluces que no sienten, en su gran mayoría, nación aparte de la española.
Cuando la reforma de Estatuto de Cataluña llegó al Congreso de los Diputados, se artículo la fórmula basada en la descripción de un sentimiento constatado por el Parlamento de Cataluña para incluir el término de “nación” en su preámbulo. Dado su carácter descriptivo, y por encontrarse en el preámbulo de la norma, no generaba, en palabras de los responsables socialistas, consecuencias jurídicas. Partiendo de este hecho, parece que hubiera dado igual que en vez de “nación” se hubiera hablado de “estado”, “reino” (como, por cierto, se habla en el nuevo Estatuto de la Comunidad Valenciana) o de “comunidad de vecinos”.
Surge entonces la propuesta de “realidad nacional” para Andalucía con una considerable y lógica polémica. Entre los argumentos que desde algunas fuentes socialistas llegué a escuchar se encontraban los de “no ser menos que ningún otro”, no siquiera en lo sentimental. Una argumentación pobre a mi entender. Si la definición de nación aplicada a Cataluña no tiene repercusión jurídica alguna, ¿por qué hemos de igualarnos con ellos, en terminos “nacionales”, en un ámbito que es puramente descriptivo y que la realidad y el sentimiento de nuestro pueblo andaluz desmiente?
Quizá la razón final que me atrevo a sospechar es que, “por si acaso”, la “nación” catalana tiene algún efecto, es menester apuntarse al carro. Única justificación razonable que me genera dudas y sospechas.
El consejero Zarrías hizo ayer una brillante defensa de los progresos del proyecto de nuevo Estatuto (de reforma tiene más bien poco). Avances que, a causa de la escasa repercusión del debate en la sociedad andaluza y del protagonismo de la “realidad nacional”, han quedado prácticamente ocultos. Mejora, cohesión, bienestar, mejora… son los términos con los que valora la propuesta. Acerca de la definición de Andalucía, dentro de su innegable españolidad, Zarrías la justificó en aras de una búsqueda de consenso con IU y Partido Andalucista. El Partido Popular, situado en la montaña, poco menos (añado yo) que hubiera definido a Andalucía como “nación española”.
El consenso es positivo, pero no justifica resultados que contravienen la realidad, aunque Clavero fuera el artífice de la propuesta. Las razones que el consejero esgrimió al ser interpelado sobre la justificación de la definición de “realidad nacional” fueron dos:
- modo de reflejar un cierto sentimiento andalucista que es evidente que existe;
- forma de otorgar soporte “intelectual” a la configuración de Andalucía como “nacionalidad histórica” tal y como ya se recoge en el actual Estatuto de Autonomía de Andalucía.
Esta segunda motivación era para mí nueva y no la encuentro desencaminada si tenemos en mente que quizá entre “nacional” y “nacionalidad” no tanta distancia.
Finalmente, en estos tiempos posmodernos, no aptos para melancólicos, me quedo con la postura que Luis García Montero planteara hace unas semanas en su columna de El País: no deja de atraerme la idea de que, ya que para eso les pagamos, los políticos se dediquen a inventar “qué queremos ser”. Para lo que somos o hemos sido, ya tenemos la Historia.